A lo lejos, el cielo duerme la tarde azul.
Pero nada cambia aquí,
a mi lado el mismo suelo frío,
la misma desesperante calma inocua.
Llega el silencio cuando todos al fin se van
y las paredes rezuman frío y una húmeda soledad
se atrinchera en mis huesos.
Leo libros...
asesinos de carretera que no sienten ni padecen,
niños de la postguerra que recuerdan sus miserias, su infancia dura;
hombres que no sabrían definir su sexualidad si se lo preguntas,
borrachos, bohemios, poetas de los prostíbulos más indecentes de los barrios más olvidados
de cualquier ciudad de este mundo enfermo y enfermizo...
descansan sucesivamente sobre la mesilla al lado de la cama.
Después me dejo caer delante del ordenador,
escucho música... un piano... triste... se acerca y,
casi sin quererlo,
mis dedos bailan sobre el teclado
y todas estas frases es lo que queda,
todo lo que me queda.

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